Por primera vez en mucho tiempo, verme en el espejo me hizo llorar este fin de semana. Las 12,5 libras que he rebajado me habían dado muchísima esperanza de que mi experiencia probándome ropa nueva iba a ser una más placentera. El domingo, en busca de un vestido de noche para una entrega de premios a la que tengo que asistir esta semana, me puse muy triste y anciosa porque nada me servía. Todo me quedaba apretado, y lo que escondía mi gordura tenía un estilo que ni a mi mamá, que ya tiene 67 años, le parecía adecuado para ella. Puede que para muchos esto parezca un acto superficial de mi parte, pero aquellos que se consideran gordos saben de lo que estoy hablando. En mi reunión de Weight Watchers el lunes pasado, el líder dijo algo muy verídico y que verdaderamente describió lo que siento: No importa lo segura que sea una persona, lo exitosa que sea en el trabajo o lo feliz que sea en su vida personal, hay algo con respecto al sobrepeso que te hace sentir mal. Es literalmente un peso que llevas encima a donde quiera que vas, y en mi caso me hace sentir vulnerable e inferior. Siempre tienes esa sensación de que todo pudiera ser un poquito mejor si fuera delgada. Irme de compras, comer en un restaurante, hasta nadar en una piscina sería mucho más divertido si no tuviera que preocuparme por mi exceso de peso. Estos sentimientos salieron este fin de semana, al punto que terminé llorando. Ya me tranquilizé, y me di cuenta que con llorar no resuelvo ningún problema y que tengo que continuar mi rutina de alimentación e incrementar las pesas y el ejercicio cardiovascular. Para adelante sigo…